lunes, 3 de octubre de 2016

Cuando se presentó a la obra con este atuendo, tuvieron que llamar a la policía

Eran las cuatro de la tarde de un anodino martes, en una obra de construcción de un bloque de viviendas en el centro de una ya sobre-edificada ciudad. Los trabajadores merodeaban y trabajaban con algo menos de entusiasmo que a las 11 de la mañana, y con algo de pesadez, por la comida ingerida apenas unas horas antes.


Fue entonces cuando apareció, sin previo aviso, Rómulo Santos, el aparejador de la obra. Pero no lucía su look habitual, aburrido y gris. Tenía algo diferente, algo que iluminó toda la obra, que llenaba de sonrisas allá por donde circulaba. Era su vestimenta, transmitía seguridad en sí mismo, a la par que seriedad y profesionalidad, y un toque moderno y, por qué no decirlo, un aire muy trendy.

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